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La Pesadilla de una Soñadora, Segunda Parte

arpaio raid 11

Noemí Romero se convierte en una víctima más de las redadas en los sitios de trabajo del Sheriff Joe Arpaio.

Las redadas en los lugares de trabajo del Sheriff Joe Arpaio tienen las características de un espectáculo de ejecución pública. Las cámaras de los medios están ahí, con incrédulos transeúntes tratando de ver más, elevando sus cuellos entre el pequeño grupo formado.

Aprobado por dos leyes estatales de robo de identidad, los Sheriff del condado condujeron redadas en una docena de negocios a través de los años, arrestando 800 cajeros, cocineros, afanadoras y otros trabajadores, acusándolos de fraude con agravante y robo de identidad.

“[Pero] en la mayoría de estas situaciones, los documentos falsos son los de un familiar, o son completamente inventados, por lo cual no están tomando la identidad de alguien para hacer daño.” dice Steve Kilar, director de comunicaciones de ACLU de Arizona.

En otras palabras, la mayoría de estos acusados son como Noemí: Ella no robo la identidad de una víctima, ella pidió prestada la identidad de su madre.

Noemí había visto las redadas de Arpaio en la TV. Así que cuando los sheriffs entraron al Supermercado Lam, sus manos temblaron en el teclado de la caja registradora. Sintió como su Corazón golpeaba su caja torácica.

Dos sheriff se aproximaron. ‘Cuando acabes con este cliente, ve y siéntate allí’, ellos dijeron. ¿Porque? Ella contestó. Eso se convertiría en una conversación prevalente.

Ellos le preguntaron por su identificación. Ella saco su identificación de la escuela y el pasaporte Mexicano. “Oh, así que eres Mexicana”, dijo el sheriff con una risa nasal.
Ella comenzó a llorar.

‘Quítate toda tu joyería y las cintas de tus zapatos’, le dijo una sheriff mujer.

“¿Porque?” Noemí preguntó.

‘Sólo quítatelo.’

Después de que ella obedeció, la esposaron. Cuando su mama llamó, ellos le hicieron sacar la batería de su teléfono celular. Cuando ella pidió ir al baño, ellos la escoltaron y le permitieron hacer sus necesidades sin quitarle las esposas. Cuando a ella y a otros trabajadores los escoltaron afuera, las cámaras de televisión los esperaban afuera. También la mamá de Noemí. Noemí escondió su cara con vergüenza.

Ellos la transfirieron a otra cárcel. Ellos dijeron: “Este va a ser tu hogar”. Entonces ellos le dieron un número. No el elusivo número de seguro social, sino un número de cama de cárcel.

Noemí describe el episodio de la cárcel como la clásica situación del mal policía/ buen policía.

El buen policía: ‘No entiendo porque estas aquí. No puedo encontrar nada que pruebe que tú estabas haciendo algo malo.’

Mal policía: ‘Ella es una mentirosa! Ella estaba usando otro nombre.’

La inscribieron en el registro carcelario.

La celda de la cárcel tenía el tamaño de una recámara regular, pero con 30 mujeres, un sólo escusado y un lavabo. Un tufo de emisiones corporales llenaba el aire helado.

Más tarde, una guardia tomó a Noemí y a otra mujer a un cuarto. ‘Desvístete,’ dijo aventando apestosos uniformes y ropa interior manchada. “Ponte eso”.

“¿Porque?”

‘Hazlo.’

Noemí lloró.

Ellos la transfirieron a otra cárcel. Nadie le dijo cuanto tiempo tendría que estar ahí, o si sería deportada. Ellos dijeron: ‘Esto será tu hogar.’

Entonces le dieron un número. No el elusivo número de seguro social. Dos dígitos se convertirían en su identidad durante los próximos dos meses: 54.

Noemí casi no durmió las primeras 5 noches. Ella se acostaba, despierta, preguntándose, ‘¿Qué es lo que va a pasarme?’ Y ya que no tenía sus anteojos, ella estaba asustada de quedarse dormida con los lentes de contacto puestos y que se le quedaran pegados a los ojos.

Ella casi no se podía bañar, sintiéndose exhibida en el cuarto sin puertas. Lágrimas y agua bajaban por sus mejillas.

Ella casi no comió. Las cárceles del condado de Maricopa dan a comer a los presos una masa olorosa que se aproxima al revoltijo de masa de las novelas de a Dickens.

Debido al estado precario del estatus legal de sus padres, ellos no podían visitarla en la cárcel. Un representante del Consulado Mexicano finalmente llevo los anteojos a Noemí.

Los anteojos no mejoraron la visión. Noemí cerraba sus ojos para evitar la oleada de artículos color rosa- Pepto-Bismol– las sábanas, la ropa interior, las esposas – y se imaginaba ella en cualquier otro lugar menos ahí.

En cierto sentido, Noemí Romero siempre ha estado prisionera. Si el conocimiento es libertad, la prisión de Noemí era el desconocimiento.

Ella no está perdida. Pero sus padres nunca le advirtieron que cuando se graduara de High School, ella entraría a camino sin salida. De que ella prácticamente no tendría oportunidades en el país de las oportunidades. Sus compañeros de escuela mantuvieron su status legal indocumentado secreto. Sus maestros y los consejeros en las escuelas nunca discutieron sus opciones como estudiante indocumentada.

Para la mayoría de los jóvenes adultos, este es el tiempo cuando el mundo se comienza a expandir- las posibilidades son amplias. Pero hablando con Noemí, uno siente que el mundo se encoje en tanto que todas sus opciones se empiezan a evaporar.

Dos meses después de haber sido encarcelada, una posibilidad más empieza a desaparecer.

Lee la tercera parte: Puente v. Arpaio.